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domingo, 15 de agosto de 2010

A LA SOMBRA DE UN SABINO

A LA SOMBRA DE UN SABINO
 Publicado por el autor en  Un puente muy bien cimentado. Leyendas poblanas

Por Guillermo Martínez Rodríguez

Don Benjamín Alarcón nació en el estado de Veracruz, pero la vida lo llevó a diversos lugares, entre ellos a Guadalupe Sarabia en territorio poblano, lugar muy cercano a la ciudad prehispánica de Cantona, donde ocurrió esta historia, y cuyo paisaje campirano se caracteriza por la abundancia de piñonales y magueyes, donde la tierra es tan pobre, que en medio de las piedras volcánicas, las cabras tienen que arrancar la poca hierba que crece para alimentarse.

De esta manera, una de las principales actividades de los habitantes de esta región es el pastoreo de rebaños, con lo cual mantienen a sus familias. Precisamente en el punto conocido como El Magueyal perteneciente a dicho pueblo, una mañana calurosa, sentado sobre el tronco de un itzote, se encontraba don Benjamín mirando como su rebaño pastaba como siempre.

Era cerca del mediodía cuando sintió los ojos pesados de sueño y sin darse cuenta se durmió. El hombre dormía despreocupadamente cuando le pareció sentir la presencia de alguien. Abrió los ojos y vio que frente a él se encontraba una persona, más bien una imagen fantasmagórica rodeada por una extraña luz, quien lo llamaba por su nombre:

- Benjamín… Benjamín… - Con una voz hueca que de solo escucharla le puso la carne de gallina.
El pastor se puso de píe y tomando su sombrero se alejó de aquel lugar trastabillando. Corrió por los piñonales y por el terreno abrupto, pero aquel ser misterioso muy cerca de su espalda iba flotando.

- No me tengas miedo – le decía, pero el asustado hombre no estaba dispuesto a hablar con el espectro quien al cabo de unos minutos terminó desapareciendo en el aire.

Cuando se dio cuenta que el fantasma había desaparecido encontró a otro pastor que andaba cuidando su rebaño.

- ¿Qué pasó Benjamín? parece como si hubieras visto al muerto.- le comentó aquel pastor.
Benjamín le quiso decir que en efecto así había sido pero prefirió guardarse sus pensamientos.

- Lo que pasa es que se me perdió un chivo, ¿No me das razón para donde se fue?
- No Benjamín fíjate que por aquí no he visto nada, ¿Porqué no buscas por aquellos zacatones?, quien quite y por allá lo encuentres-contestó el pastor señalando hacia una loma, viendo como Benjamín se alejaba en una dirección diferente a la indicada.

Cuando decidió volver por su rebaño, vio que sentado sobre una piedra, el fantasma aquel ya lo esperaba. Benjamín quiso huir otra vez pero el espíritu le dijo:

- Necesito que me ayudes por favor.
Benjamín se armó de valor y le preguntó a la aparición:

- ¿Qué quieres de mí? ¡Aléjate! ¿Por qué me quieres hacer daño?

- No te haré ningún daño, solo quiero decirte que dejé unos pendientes en esta vida y he obtenido permiso para hablar contigo.- le dijo la voz cavernosa.


El pastor meditó palabra por palabra lo que acababa de escuchar. Observó a aquel fantasma y se dio cuenta que una sombra le cubría la cara.

- A ti no te es permitido verme el rostro.

Sin embargo el pastor vio con detalle que aquel personaje estaba finamente vestido, llevaba un traje de casimir, y de las mangas del saco se asomaban los puños de la camisa blanca; mientras que sobre el pecho se distinguía una corbata de seda perfectamente acomodada.

- Tu solo ayúdame y yo te recompensaré. Si haces lo que yo te pido, te prometo que ni tu ni tus descendientes tendrán nunca la necesidad de trabajar.
- Pero, ¿qué quieres que haga? Preguntó afligido Benjamín.
- Te lo diré después, pero espera, para que veas que te digo la verdad, esta misma noche te enseñaré un lugar donde tengo escondido un tesoro.

Esa tarde, cuando ya caían los primeros minutos de la noche, Benjamín volvió a su humilde vivienda con sus cabras. Entró al jacal donde sus hermanas Carmen y María, junto con su cuñado Ignacio Zamora se disponían a cenar.
- ¿No vas a encerrar las cabras?- preguntó su hermana Carmen.
- Yo las voy a guardar -dijo María.
Benjamín se acercó al tlecuil pero sintió que la lumbre le lastimaba los ojos. Como hacía frío tomó su sarape y se envolvió en él mientras les decía a sus familiares:
- Algo me pasa que no puedo ver con esta lumbre.

Entonces Ignacio le recomendó que se cubriera los ojos con un paliacate.

Benjamín con los ojos vendados, sentado frente al fogón se dispuso a cenar, partió la tortilla con las manos, se acercó a la boca el cajete y sopeo el caldo de frijoles. Cuando terminó de cenar y estando aun con el pañuelo cubriéndole los ojos, escuchó una voz detrás de él que le dijo:

- Levántate Benjamín, vamos afuera para hablar del favor que quiero que me hagas.
Apenas había escuchado esto cuando sintió que unas manos lo levantaban jalándolo del cuello de la chamarra. Sus familiares quienes no escucharon aquella voz, miraban desconcertados como, con los ojos vendados, Benjamín se dirigía hacia la puerta.
Con todo y la sorpresa, pero con la idea fija de hacerse rico, Benjamín, con voz entrecortada pudo murmurar:

- Ahorita… vengo.
- Ya tu Benja no te hagas el chistoso ¿No ves que te puedes romper un pie?- le dijo su hermana María, pensando que se trataba de una broma, y todos lo tomaron de esa manera, al no explicarse por qué Benjamín caminaba con los ojos vendados. Que bueno que fuera por su propio pie, lo malo era que como a un guiñapo, el espectro aquel lo llevaba primero caminando a través del solar, del lindero de magueyes, después flotando, levantado en vilo a través de montes y barrancas, viendo sus familiares como se perdía en la oscuridad sin que nadie pudiera hacer nada.

Después de volar por el aire de aquellos montes, el fantasma llegó con Benjamín hasta un bosque de sabinos y fresnos. En una loma mediana donde estaba un sabino con una rama gacha y la sombra de esta se proyectaba sobre el suelo, el fantasma le pidió a Benjamín que se descubriera los ojos, pero sin voltear a verlo.

- Fíjate bien en este lugar, márcalo con una señal que solo tu conozcas- dijo el fantasma mientras golpeaba el suelo con su zapato, pidiendo a Benjamín que a continuación lo hiciera él.
Cuando el pastor lo hizo escuchó un ruido debajo de la tierra, era como cuando va cayendo una cadena a un pozo profundo.

- Es el ruido de las monedas que ni tu ni tus hijos se podrán terminar nunca.- Explicó el fantasma.
Don Benjamín arrancó las puntas de su sarape y haciendo una cruz con ellas, las amarró sobre la rama pensando en regresar después a desenterrar el tesoro.

- Ya que conoces el lugar, ahora, solo tienes que mandarme a hacer unas misas pidiéndole a San Antonio que abogue por el descanso de mi alma y hasta entonces el dinero será tuyo. Pero espérate, en la medida que me mandes a hacer más misas, te tendré reservadas más riquezas, por ahora solo debes esperar y hacer lo que yo te diga.

Estaban en esa plática cuando a lo lejos se escuchó silbar el tren nocturno. El fantasma le dijo a Benjamín que era tiempo de irse, faltando todavía algunos detalles para concluir los mutuos favores, entre ellos el nombre del pueblo a donde se tendrían que hacer las misas.

Benjamín y el fantasma a quien trataba de no ver, se tendieron la mano para despedirse, pero al punto de tocarse el fantasma le dijo:

- No me des la mano, sólo enrédate con tu sarape y no me vayas a ver. Extiéndeme la orilla de la cobija como si fuera tu mano.

El pastor hizo lo indicado y el fantasma apretó la punta del sarape en una franca despedida. Benjamín sin obedecer la recomendación del fantasma, cuando este se disponía a alejarse, asomó la cabeza entre el sarape y en ese momento quedó sumamente consternado con lo que sus ojos vieron, pudo ver el rostro completamente descarnado del fantasma, así como sus ojos convertidos en dos intensas llamas, pensando que se trataba de la misma muerte.

Fue tal la impresión que le causó aquella visión que sufrió un desmayo y su cuerpo rodó hasta el pie de la loma. Al día siguiente fue hallado por su familia y los habitantes del pueblo quienes lo buscaban con machetes y antorchas sin saber a ciencia cierta lo que había pasado. Estaba vivo pero con una expresión aterradora que se le quedó marcada en los músculos faciales. Carmen y María junto con Ignacio lo ayudaron a recobrar la salud tan deteriorada.

Cuentan que lo llevaron a curar con unos hechiceros del rumbo de Perote, allí lo sanaron con baños de temascal, pócimas y ventosas que le acomodaron los huesos y le depuraron la sangre.

Nunca mandó a hacer las misas, ya que no conoció el nombre de aquella alma en pena y tampoco tuvo en claro el nombre del pueblo donde debería hacerlas.

Cuando al paso de los años volvió al lugar donde fue encontrado casi moribundo, ya los talamontes habían arrasado con todos los árboles de sabinos y fresnos. En el lugar donde pensó hallar aquel tesoro, tan solo encontró la tierra removida y una enorme olla de piedra completamente vacía.

Curiosamente otro pastor a quien de buenas a primeras la fortuna le sonrió, platicó que cierta vez cuidando su rebaño, colgada sobre la rama gacha de un sabino, halló una cruz tejida con las puntas de un sarape, al estar sobre el lugar, sus pies se hundieron hasta tocar algo bajo el suelo, fue así como a la sombra de un sabino encontró una olla repleta de monedas de oro… qué tan rico sería aquel pastor si platicaba que con ese regalo que le dio la vida, ni él ni su familia tendrían ya nunca la necesidad de trabajar.